Un ruido: el crispar de la lluvia con la acera, aún estoy en tinieblas. El despertador me sacude, me grita, y no deja de estorbar. Pienso: carajo, otro amanecer tempestuoso. Dejo la colcha y, como si me incrustaran cien alfileres, el frio se enclava en mi piel. Me levanto y aparto las cortinas, observo a través de la ventana las almas en pena que transitan por la calle, domadas para que cada día cumplan la misma rutina: dormir; despertar; trabajar o estudiar; alimentarse; y volver a dormir. Pienso: pero si yo también estoy así de jodido. Dejo de filosofar, el tiempo -mi patrón- me ordena continuar la tradición.
Agua caliente. Por suerte la terma evita que entre en shock. Cinco minutos. Diez. Quince. Miércoles, me demoré mucho en la ducha, justo hoy otro jodido lunes. Observo el reloj: seis y media. Pucha se me pasó el autobús. Beberé un vaso de leche para evitar que la latosa gastritis se convierta en úlcera. No quiero pan, lo detesto, no sólo porque cada día sube unos centavos más, sino que irónicamente antes comparaba precios indicando: ‘eso vale 50 centavos, son cinco panes’, ahora, con el costo inestable, me jode que la división sea más complicada. Leche sola, y partir hacia el paradero.
Agua caliente. Por suerte la terma evita que entre en shock. Cinco minutos. Diez. Quince. Miércoles, me demoré mucho en la ducha, justo hoy otro jodido lunes. Observo el reloj: seis y media. Pucha se me pasó el autobús. Beberé un vaso de leche para evitar que la latosa gastritis se convierta en úlcera. No quiero pan, lo detesto, no sólo porque cada día sube unos centavos más, sino que irónicamente antes comparaba precios indicando: ‘eso vale 50 centavos, son cinco panes’, ahora, con el costo inestable, me jode que la división sea más complicada. Leche sola, y partir hacia el paradero.
La línea ‘8’, la ‘35’, la ‘18’, la ‘J’, la ‘N’, la ‘K’… casi todo el abecedario completo junto con decenas de números transitan por la avenida, pero no llega la ‘T’. Pienso: seguro viene una ‘carcocha’, y llegaré tarde al Británico. Quién me manda a matricularme al horario de siete de la mañana… verdad, mis otros dos patrones –el estudio y el trabajo-. Llega el autobús. No está lleno, sino repleto. Empieza la reyerta. Codazos, empujones, malhumores… quizá podríamos competir en los próximos juegos olímpicos como luchadores grecoromanos. Tanteo para saber dónde esta mi mano y ver el reloj. Seis y cincuenta. No creo que desde Huaylas -Chorrillos- llegue hasta 28 de Julio -Miraflores- en menos de diez minutos. Pienso: podría tomar un taxi si me hubieran pagado a tiempo en la revista. Que más da, esa es la realidad del periodista: sueldos míseros y retrasados. Jodida profesión que irónicamente me apasiona: soy masoquista.
Siete de la mañana. Aún en el carro. Me pongo a maldecir al incompetente alcalde que se le ocurrió ‘dinamitar’ Lima. Al fin he conseguido asiento en la carcocha. Leo: ‘asiento reservado’. Estoy jodido, a esta hora las jubiladas salen de los casinos. Un ruido ensordecedor; el autobús frena: la carcocha se malogró. Mierda. Pienso: faltan seis cuadras, que me devuelvan el pasaje y caminaré. El cobrador pide paciencia, mientras los pasajeros se desesperan. Caos y conmoción. ‘Oye devuelve el pasaje que tenemos que ir a trabajar’, ‘No seas terco cholo de miércoles, acaso es nuestra culpa que tu carcocha se haya malograo’. Pleito de callejón, no puedo contener la risa. Pienso: esto se va a poner peor, por ochenta centavos –pagué con carnet universitario- no me voy a quedar pobre ¿O sí? ¿Esa cantidad cuántos panes valdría?... cinco, seis… qué importa.
Mientras pensaba en panes, no me di cuenta que había caminado cinco de las seis cuadras. Siete y veinte. Me encuentro en la puerta, a punto de ingresar. Pienso: pucha otra tardanza, con esta van umm... 4 o 5. Ya perdí la cuenta. Otra vez será lo mismo: al entrar encontraré la puerta del 114 cerrada; al abrirla las miradas se posarán en mí; y avergonzado expondré mi excusa -Good morning teacher. Sorry, I’m late because…-. Repetir el mismo déjà vu, aunque parezca redundante. Estoy a punto de abrir la puerta del salón, cuando siento la presencia de otro ‘tardón’ a mis espaldas. Me pregunta: ‘Recién llegas’. Le respondo: ‘No llego. Me voy. Acabo de encontrar otro de los pasadizos perdidos’. Salgo del Británico. Pienso: infringí el rito. No llegué tarde. Falté. Camino nuevamente hacia el paradero. Vuelvo a pensar en el precio del pan mientras transito por la acera junto a desventuradas almas que se esmeran por cumplir la rutina.




1 comentarios:
y yo he jalado cursos que eran a las 9am. Ay Castañeda... ay Casteñeda...
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