Designan a nueva Presidenta del IPEN

La doctora Susana Petrick Casagrande asume la dirección del IPEN como su vigésima presidenta.

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sábado, 23 de agosto de 2008

Como un burro amarrado en la puerta del baile

No sé bailar. ‘Nadie nace sabiendo, paso por paso aprenderás a bailar’, me dicen mis amigos, tratando de consolarme. Pienso: actuaciones escolares, fiestas familiares, discotecas… la fiesta de promo; si no sabes bailar estas fregado. He escuchado decir a muchos que han nacido con dos pies izquierdo, tratando de hacer bromas para disimular su mala actuación en la pista de baile. Pero, yo no tengo dos pies izquierdos, nací con cuatro: mis brazos también se mueven con torpeza. Simplemente, no sé bailar. Debería inscribirme en Bailando por un sueño; mi sueño aprender a bailar –qué irónico-.

Es vergonzoso ir a una fiesta para sólo sentarte y esperar que pasen la comida, mientras miras a todas las parejas mover sus cuerpos al compás de la música. A veces prefiero no asistir, y mostrarme como un nerd universitario que tiene exámenes todos los días, hasta en vacaciones. ‘Pucha, no podré ir. Mañana tengo el final de un curso recontra yuca y no he leído nada”. Excusas. No puedo decir sinceramente: ‘Miércoles, no sé bailar, y no quiero ser el aguafiestas que permanece sentado, bebiendo y tragándose todo lo de la fiesta’.

Mi fiesta de promoción… recuerdos imborrables. Aquel día pasé uno de los ridículos más grandes de mi vida. Me compadezco de mi pareja de promo, no puedo imaginarme por cuánto tratamiento psiquiátrico tuvo que pasar después de esa fatídica noche. Me prometí nunca más volver a cometer ese error. Recordando esa canción de El último de la fila, me dije: ‘Nunca más. Antes de moverme como payaso en una fiesta, prefiero estar como un burro amarrado en la puerta del baile’. Pero, nunca digas nunca más.

Domingo por la noche. Libre, sin ataduras laborales ni universitarias. Vacaciones de medio año. No tenía ningún plan. Me pondría a ver Star Wars Episodio III, y me acompañaría una buena taza de chocolate caliente junto a unos panqueques. Una noche hogareña, hasta que sonó el teléfono. ‘Aló’, contesté desanimado. ‘Oye no te acuerdas que hoy es el cumpleaños de ‘j’. En su casa hay un tonazo bravazo. Como estamos de vacaciones, no te negarás’. No pude decir ni si, ni no. ‘Vamos a ir en mancha con ‘Z’, ‘J’ e ‘I’. Pasamos por tu jato, y de frente al tonazo. Diez minutos para alistarte’… Colgó. Pensé: pucha, ahora que hago… Mañana tengo… uhhh. No tengo excusa.

Diez minutos después, me encontraba fuera de casa. Estaba nervioso, mis manos sudando, y mis piernas temblando –si hasta para caminar mis extremidades son torpes-. Llegamos al tono. Pensé: ‘Miércoles, está repleto… puedo convertirme en un gran ridículo de expectación masiva, o pasar desapercibido’. Recién iniciaba la fiesta. No había empezado el ‘chongo’. Me puse a conversar, pues es lo mejor que sé hacer. Unos traguitos… La música empezaba a ponerse movida. Las primeras parejas salieron a bailar, mientras mi cuerpo volvía a temblar, y estaba tan sudado y agitado como si hubiera bailado toda la noche. ‘Vayamos a bailar’, dijo ‘Z’. Pensé: qué hago. Dije: pucha, un toque, voy al baño y vuelvo. Había escapado por unos minutos.

Me lavé la cara y las manos sudadas. Cinco, diez minutos. Fácil me había perdido dos o tres canciones. Por fin decidí salir. Pensaba: después de tres canciones seguro deben estar descansando un toque. Iré y luego pensaré como volver a zafarme. Al salir del baño, me encontré con una amiga, ‘M’, a quién no había visto por mucho tiempo. ‘Hola. Qué haces por aquí, si siempre estas estudiando’. Pensé: otra que cree que soy nerd. Le expliqué que estaba de vacaciones y con quienes había venido. Ella recién llegaba, había venido sola. Nos dirigimos hacía dónde estaban mis patas. Como lo había imaginado, descansando. De repente, empezó a sonar esa canción que dice ‘Ojala que te mueras…’. ‘M’ me dijo: ‘anda vamos a bailar’. Le respondí: este… pe… Era demasiado tarde para decir otra excusa, me encontraba en la pista de baile, junto con ‘M’ y mis amigos que también se animaron a salir. Pensé: ‘Ojala que me muera…’

‘Estas temblando. Bailas muy duro, suéltate’, decía ‘M’. Estaba más rojo que un tomate, pensaba en la vergüenza que estaba haciendo. Sin embargo, a mí alrededor la gente seguía bailando, nadie me observaba. En ese momento, mientras pensaba, mis pies estaban encima de los de ‘M’. Ella dio un grito leve. Tal vez no lo escuchó nadie, pero con el susto, imitando la torpeza de mis pies, mi brazo izquierdo chocó contra un macetero colgante que decoraba la sala de la casa del dueño del santo. Prafff… El macetero chocó contra el suelo. Todas las miradas empezaron a acusarme. La música se detuvo. Acababa de convertirme en el espectáculo de la fiesta. ‘M’ estaba pálida y muda, su expresión era una mezcla de vergüenza y odio. Pensé: otra chica que envío al psiquiatra.

La música volvió a sonar. Me senté, pedí disculpas por la maceta. Todos estaban mutis. Una broma: ‘oye bailabas con ‘M’, no con la maceta’… Risas. ‘M’ se retiro a conversar con otro grupo, con la excusa de que se iba al baño. No sabía donde meterme, qué hacer. Pasaron bocaditos. Comer y beber. Durante todo el resto de la fiesta permanecí sentado. Con qué excusa… al romper la maceta me había cortado la mano con el fierro que la sujetaba. Estaba herido, recién lo noté cuando todos se reían de mí. No me importaba la consecuencia de esa herida externa. No bailé más, estar herido externamente fue mi excusa, cuando en realidad internamente estaba dañado… Volví a pensar: nunca más volveré a cometer el mismo error, la mejor salida es ser el burro amarrado en la puerta del baile… decir simplemente ‘No sé bailar, porque poseo cuatro pies izquierdos’, pienso que ahora sí mis amigos me lo creerán.


sábado, 16 de agosto de 2008

Pan de cada día

Un ruido: el crispar de la lluvia con la acera, aún estoy en tinieblas. El despertador me sacude, me grita, y no deja de estorbar. Pienso: carajo, otro amanecer tempestuoso. Dejo la colcha y, como si me incrustaran cien alfileres, el frio se enclava en mi piel. Me levanto y aparto las cortinas, observo a través de la ventana las almas en pena que transitan por la calle, domadas para que cada día cumplan la misma rutina: dormir; despertar; trabajar o estudiar; alimentarse; y volver a dormir. Pienso: pero si yo también estoy así de jodido. Dejo de filosofar, el tiempo -mi patrón- me ordena continuar la tradición.

Agua caliente. Por suerte la terma evita que entre en shock. Cinco minutos. Diez. Quince. Miércoles, me demoré mucho en la ducha, justo hoy otro jodido lunes. Observo el reloj: seis y media. Pucha se me pasó el autobús. Beberé un vaso de leche para evitar que la latosa gastritis se convierta en úlcera. No quiero pan, lo detesto, no sólo porque cada día sube unos centavos más, sino que irónicamente antes comparaba precios indicando: ‘eso vale 50 centavos, son cinco panes’, ahora, con el costo inestable, me jode que la división sea más complicada. Leche sola, y partir hacia el paradero.


La línea ‘8’, la ‘35’, la ‘18’, la ‘J’, la ‘N’, la ‘K’… casi todo el abecedario completo junto con decenas de números transitan por la avenida, pero no llega la ‘T’. Pienso: seguro viene una ‘carcocha’, y llegaré tarde al Británico. Quién me manda a matricularme al horario de siete de la mañana… verdad, mis otros dos patrones –el estudio y el trabajo-. Llega el autobús. No está lleno, sino repleto. Empieza la reyerta. Codazos, empujones, malhumores… quizá podríamos competir en los próximos juegos olímpicos como luchadores grecoromanos. Tanteo para saber dónde esta mi mano y ver el reloj. Seis y cincuenta. No creo que desde Huaylas -Chorrillos- llegue hasta 28 de Julio -Miraflores- en menos de diez minutos. Pienso: podría tomar un taxi si me hubieran pagado a tiempo en la revista. Que más da, esa es la realidad del periodista: sueldos míseros y retrasados. Jodida profesión que irónicamente me apasiona: soy masoquista.

Siete de la mañana. Aún en el carro. Me pongo a maldecir al incompetente alcalde que se le ocurrió ‘dinamitar’ Lima. Al fin he conseguido asiento en la carcocha. Leo: ‘asiento reservado’. Estoy jodido, a esta hora las jubiladas salen de los casinos. Un ruido ensordecedor; el autobús frena: la carcocha se malogró. Mierda. Pienso: faltan seis cuadras, que me devuelvan el pasaje y caminaré. El cobrador pide paciencia, mientras los pasajeros se desesperan. Caos y conmoción. ‘Oye devuelve el pasaje que tenemos que ir a trabajar’, ‘No seas terco cholo de miércoles, acaso es nuestra culpa que tu carcocha se haya malograo’. Pleito de callejón, no puedo contener la risa. Pienso: esto se va a poner peor, por ochenta centavos –pagué con carnet universitario- no me voy a quedar pobre ¿O sí? ¿Esa cantidad cuántos panes valdría?... cinco, seis… qué importa.

Mientras pensaba en panes, no me di cuenta que había caminado cinco de las seis cuadras. Siete y veinte. Me encuentro en la puerta, a punto de ingresar. Pienso: pucha otra tardanza, con esta van umm... 4 o 5. Ya perdí la cuenta. Otra vez será lo mismo: al entrar encontraré la puerta del 114 cerrada; al abrirla las miradas se posarán en mí; y avergonzado expondré mi excusa -Good morning teacher. Sorry, I’m late because…-. Repetir el mismo déjà vu, aunque parezca redundante. Estoy a punto de abrir la puerta del salón, cuando siento la presencia de otro ‘tardón’ a mis espaldas. Me pregunta: ‘Recién llegas’. Le respondo: ‘No llego. Me voy. Acabo de encontrar otro de los pasadizos perdidos’. Salgo del Británico. Pienso: infringí el rito. No llegué tarde. Falté. Camino nuevamente hacia el paradero. Vuelvo a pensar en el precio del pan mientras transito por la acera junto a desventuradas almas que se esmeran por cumplir la rutina.

jueves, 7 de agosto de 2008

Primer paso...

Ruido y barullo. Gentío. Masa ignota y estoica. Soledades acompañadas que se entrecruzan en la monotonía. La ciudad me agobia. Preferiría ser un naufrago, y estar confinado en una isla, en un plática intensa con mi yo... De todas formas me encuentro solo. Loco y empedernido. Desquiciado por el bullicio que ni a los muertos deja reposar. Perturbado por el smog y la hipocresía… Me encuentro solo. Peor aún sin mi soledad. Ciudad desgraciada… Quisiera reencontrar mi ser interno. Encontrar la salida. Descubrir el pasadizo perdido dentro de este laberinto de depravación…

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